En la esquina más simbólica de Gràcia —donde se cruzan Libertat y Fraternitat, y las conversaciones duran más que los semáforos— hay un lugar que huele a sofrito desde 1956. Se llama Casa Pagès y acaba de soplar 70 velas con reforma incluida. Pero que nadie espere un giro foodie ni espuma de butifarra: aquí se viene a mojar pan.
En Dolce Vita no hay atajos ni concesiones para turistas; hay hospitalidad sincera, platos que cuentan historias y un servicio que emula la calidez de una mesa familiar preparada desde la mañana. Aquí se viaja en el tiempo y el espacio, con la memoria como brújula y el sabor como pasaporte.
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