Sabores que rugen: Selvátiko y el arte de enamorar a través del paladar
- Wen Posada
- 16 feb
- 2 Min. de lectura

En 2026, pocas mesas en Bogotá merecen la ovación que se escucha cuando cae la noche en Selvátiko. No hablamos de un restaurante cualquiera, sino de un escenario donde los sabores colombianos cantan como un río al amanecer.

Aquí, cada cóctel y cada plato es un verso en una oda a la diversidad del país, un territorio amplio que se saborea desde el Amazonas hasta el Caribe.

Al deslizarse entre entradas y fuertes, la carta revela nombres tan evocadores como el propio lugar. Imagina comenzar con Desempanadas de Cangrejo o las atrevidas Monas Lisas para abrir el apetito, antes de sumergirte en propuestas como Le’Chon, Res Aracataca o el exótico Pollo Cuyabro — cada uno preparado con narrativa y audacia.

Para los amantes del mar, el Arroz caldoso con Ají chirca combina texturas marinas con tierra firme, mientras que el vegetariano Una Oda al Zapallo celebra la huerta colombiana con orgullo.

Y si de historias líquidas se trata, la barra de cócteles de autor es una galería sensorial. Desde el suave y tradicional "El Arriero", con aguardiente amarillo y melao de panela, hasta el elegante Mi Viejo, con whisky ahumado y tamarindo, cada bebida parece un poema embotellado. Para los espíritus aventureros hay propuestas como El Boli (ron, miel de mandarina y panela), Caracoles de Colores con tequila y mango spicy, o la refrescante Metamorfosis de Sandía que abraza lo cítrico y lo aromático.

Para parejas, la experiencia supera lo gastronómico: es ceremonial. La Velada Romántica al estilo de la Selva propone un cóctel compartido y postre a dos voces, como el icónico Fondue del Mono Titi, bajo la luz de velas y música que arrulla. El coctel “Con el corazón en la mano” — tequila con mora y flor de saúco — encarna ese dulce equilibrio entre lo profundo y lo delicado, ideal para sellar una noche inolvidable.

Selvátiko no es solo una parada más en Bogotá; es un santuario que combina la memoria del paladar con la belleza de contar historias a través de sabores. Para quien visita la ciudad en 2026, no basta con conocer sus calles: hay que dejarse seducir por este canto culinario donde la selva y la ciudad convergen en una experiencia sin igual.

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