Entre techno, caos y genialidad: la edición de Sónar que volvió a redefinir la electrónica
- Wen Posada
- 22 jun
- 4 min de lectura
Actualizado: 30 jun

Hay festivales que presentan artistas. Sónar presenta el futuro.
La edición 2026 no fue simplemente una nueva entrega del festival de música electrónica más importante de Europa; fue la confirmación de que Barcelona sigue siendo el laboratorio donde se prueba el sonido del mañana. El experimento funcionó. Y con creces.
La apuesta de concentrar toda la experiencia en Fira Gran Via transformó el festival en una ciudad paralela: seis escenarios funcionando simultáneamente, instalaciones inmersivas, kilómetros de luces LED, arquitectura industrial y miles de personas caminando como si compartieran un mismo pulso. El caos estaba perfectamente diseñado. Perderse dejó de ser un inconveniente para convertirse en parte del espectáculo.
Pero Sónar ya no empieza cuando se encienden los escenarios. La experiencia arrancó desde el Sónar+D, completamente reinventado. Durante el jueves 18 y el viernes 19 de junio, La Llotja de Mar se convirtió en el gran punto de encuentro entre artistas, desarrolladores, investigadores y creativos de todo el mundo. Charlas, debates, instalaciones inmersivas, performances y proyectos que exploraban el vínculo entre inteligencia artificial, arte digital y nuevas tecnologías demostraron que el festival sigue mirando mucho más allá de la música. Ese espíritu también se trasladó a Fira Gran Via, donde el renovado SonarHub y varias instalaciones interactivas hicieron que la conversación entre creatividad y tecnología estuviera presente en cada rincón del recinto.

El jueves dejó claro desde el principio que la programación no daría respiro. The Hacker, leyenda absoluta del electro francés, ofreció uno de esos sets elegantes y oscuros que recuerdan por qué su influencia sigue intacta décadas después. Sin necesidad de artificios, construyó una sesión hipnótica donde cada transición parecía calculada con precisión quirúrgica.
Uno de los sets más comentados del fin de semana fue el de Funk Tribu. El productor colombiano confirmó por qué atraviesa uno de los mejores momentos de su carrera, con una sesión que combinó hard groove, trance y sonidos rave noventeros. Su capacidad para mantener la energía de la pista durante toda la actuación convirtió su presentación en uno de los puntos más altos del festival, consolidándolo como una de las figuras más interesantes de la nueva generación de la electrónica.

En el extremo opuesto del espectro apareció después Charlotte de Witte, demostrando por qué sigue siendo una de las figuras más importantes del techno mundial. Su producción audiovisual fue impecable y su dominio del ritmo mantuvo al SonarClub completamente hipnotizado. Un set preciso, demoledor y construido con una tensión casi cinematográfica que confirmó su enorme convocatoria dentro del festival.
Pero si hubo un momento destinado a permanecer en la memoria colectiva fue el cierre del domingo por la madrugada.

Uno de los grandes aciertos del festival fue BULTO Takeover, una propuesta llegada desde Bogotá que confirmó que el techno latinoamericano ya no necesita pedir permiso para ocupar los escenarios más importantes del mundo. Su sesión fue intensa, oscura, política y profundamente corporal. Más que una fiesta, fue una declaración de principios donde el club volvió a ser un espacio de libertad.

Daria Kolosova llevó la intensidad hasta un punto de no retorno y consiguió que miles de personas siguieran bailando hasta las siete de la mañana. Cuando parecía imposible encontrar una última reserva de energía, la DJ ucraniana elevó los BPM y transformó el amanecer en una auténtica celebración rave. Fue, sin exagerar, uno de los cierres más poderosos que ha vivido Sónar en los últimos años.
Si había una deuda histórica del festival, The Prodigy vino a saldarla de la forma más contundente posible. Tres décadas después de que Sónar intentara traerlos, finalmente sucedió. Y la espera valió la pena. El grupo británico convirtió el recinto en una gigantesca explosión de breakbeats, punk electrónico y energía descontrolada. Durante hora y media no existieron generaciones: quienes crecieron con Firestarter compartieron pogo con quienes apenas descubren hoy la influencia de la banda sobre toda la electrónica contemporánea. Fue uno de esos conciertos destinados a convertirse en leyenda.
El sábado también regaló uno de los momentos más emotivos del festival con WhoMadeWho Live. Su combinación de electrónica melódica, sintetizadores orgánicos y una puesta en escena impecable demostró que el baile también puede ser profundamente emocional. Mientras el trío danés construía paisajes sonoros cargados de sensibilidad, el público respondía con una comunión pocas veces vista en un festival de estas dimensiones.

Uno de los espacios más fascinantes del fin de semana fue el universo creado por Speedy J con STOOR. El productor neerlandés convirtió su escenario en un laboratorio de improvisación electrónica donde sintetizadores modulares, cajas de ritmo y máquinas dialogaban en tiempo real entre varios artistas. No había sets pregrabados ni estructuras previsibles: todo ocurría en directo. En un festival dominado por grandes producciones, STOOR recordó que la esencia de la electrónica también reside en el riesgo y en la creación espontánea.
Quizá la mayor virtud del festival siga siendo la misma que hace más de tres décadas: nunca se trata únicamente de los grandes nombres del cartel. Entre escenario y escenario siempre aparece un artista desconocido capaz de convertirse en tu nuevo favorito. Esa capacidad de sorprender continúa siendo el verdadero ADN de Sónar.
La edición 2026 demostró que el festival no vive de la nostalgia ni del prestigio acumulado. Mientras muchos eventos repiten fórmulas para sobrevivir, Sónar volvió a arriesgar. Cambió su mapa, reinventó Sónar+D, convirtió Fira Gran Via en una auténtica ciudad electrónica y logró que durante tres días Barcelona dejara de marcar el tiempo con relojes para hacerlo con bombos a 140 BPM.
Porque al final, eso es Sónar.
No es un festival al que asistes.
Es un lugar del que vuelves convencido de haber escuchado, aunque sea por un instante, cómo sonará el futuro.









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